Murió Dani Buira, el baterista que marcó el ritmo de Los Piojos

El músico falleció esta madrugada mientras ensayaba en la Escuela de Percusión La Chilinga, en Morón. Tenía 55 años. Fue uno de los pilares fundacionales de la banda de los años 90 y participó en discos emblemáticos como “Azul” y “Verde paisaje del infierno”.


El rock nacional está de luto. Daniel “Dani” Buira, baterista histórico de Los Piojos y uno de los pilares rítmicos de la banda que marcó a toda una generación, falleció esta madrugada a los 55 años mientras ensayaba en una escuela de percusión en el partido bonaerense de Morón.

Según informaron fuentes policiales a la Agencia Noticias Argentinas, el músico se encontraba en la “Escuela de Percusión La Chilinga” cuando, desde el lugar, realizaron un llamado al 911. Un testigo relató que Buira estaba en un patio interno y pidió ayuda porque “no podía respirar”. Al salir a asistirlo, el baterista se descompensó, perdió el conocimiento y dejó de respirar. El personal del SAME constató el fallecimiento en el lugar.

Familiares del músico indicaron que Buira padecía asma. El caso quedó en manos de la UFI 8, que dispuso las medidas de rigor. Si bien no hay cámaras de seguridad en el interior de la escuela, el área externa sí quedó registrada.

Un pilar desde los inicios

Dani Buira fue parte de Los Piojos desde sus orígenes, a fines de la década del 80, y se consolidó como uno de los motores fundamentales de la banda. Su batería acompañó el crecimiento del grupo desde los primeros ensayos en el under hasta la cima, cuando la banda llenaba estadios y se convertía en una de las más convocantes del rock argentino.

Su sello personal combinaba la base del rock con elementos de la percusión latinoamericana, un mestizaje que le dio identidad al sonido de la banda y lo convirtió en un referente dentro de su instrumento en la escena local. Su forma de tocar, siempre al servicio de la canción, fue parte esencial del ADN de Los Piojos.

A lo largo de su carrera, participó en la grabación de discos fundamentales como “Chactuchac” (1992), “Ay ay ay” (1994), “Tercer arco” (1996), “Azul” (1998) y “Verde paisaje del infierno” (2000). Todos ellos trabajos que marcaron a una generación y que hoy son considerados clásicos del rock nacional.

Integró también la etapa de mayor masividad del grupo, con shows históricos en el estadio de River Plate y giras por todo el país que quedaron en la memoria de los seguidores. Su nombre quedó grabado en la historia de la banda que, con el correr de los años, se convirtió en un fenómeno de convocatoria masiva.

Más allá de Los Piojos

Tras la separación de la banda en 2009, Dani nunca se alejó de la música. Continuó ligado a distintos proyectos y colaboraciones, y profundizó su faceta como percusionista explorando ritmos más ligados a lo colectivo y lo experimental. Lejos de los grandes escenarios, siguió fiel a su esencia: la búsqueda constante y el respeto por el oficio.

Pero quizás uno de sus legados más valiosos fue su vocación como docente. Buira desarrolló una intensa actividad en espacios de formación musical y talleres, con un fuerte compromiso en la transmisión de conocimientos a nuevas generaciones de músicos. Para él, la música era también un acto de comunidad.

Precisamente, mantenía un vínculo activo con la Escuela de Percusión La Chilinga, un espacio reconocido por su trabajo con ritmos afro y latinoamericanos, donde impulsaba el aprendizaje desde lo comunitario. Allí, paradójicamente, lo sorprendió la muerte mientras hacía lo que más amaba: tocar, compartir y enseñar.

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